Por: Miguel Allende Foulques
México, esa bailarina voluble, cuyo vaivén seduce al tiempo y lo obliga a tropezar en cada esquina de su historia, vuelve a tropezar con la misma piedra. Treinta años nos costó enterrar al fantasma del 88 -aquel 6 de julio que se cayó el sistema en vivo y en directo- y ahora una burocracia con ínfulas de procónsules desandan el camino a paso redoblado. No es renovación de 3 consejeros electorales, es la regresión. Y no es torpeza.
El INE, aquel monstruo de mil cabezas ciudadanas que tanto espanto daba a los dinosaurios priistas, agoniza por encargo. Miren el proceso de selección de consejerías: opaco como un voto en los ochentas, con un Comité Técnico de esos que llaman “de bajo perfil” cuando en realidad quieren decir “de nulo perfil”. Las universidades, fuera. Los académicos, fuera. Las ONG, fuera. En cambio, aparecen aspirantes de repente genios que obtuvieron calificaciones atípicamente altas en evaluaciones técnicas pese a trayectorias públicas limitadas, casi inexistentes.
¿Filtración? ¿Trato especial? Y el Comité que no sabe desmentir ni su propio nombre. Y qué importa, si al final los ungidos son los que le sonríen a la silla presidencial y a la señora Taddei, esa nueva efigie de la sumisión administrativa.
Ironías del antiguo régimen: ahora el árbitro se llama “independiente” pero baila al son que toca el oficialismo. Y la Corte, antes tabla de salvación, ya ha dado muestras de que también sabe corear, a pesar de los anteojos morados sobre el escritorio. El riesgo de fraude no es un eslogan de oposición berrinchuda: deja de ser una consigna y empieza a plantearse como una posibilidad inquietante.
Lo que están desmantelando no es un órgano técnico. Es el ancla que garantiza la vida democrática y que el voto valga algo más que el papel en el que se imprime. Al sustituir consejeros ciudadanos por obsecuentes de bolsillo -de esos que juran lealtad a quien les da el cargo y no a la Constitución- se entrega la llave de la voluntad popular. Y cuando el poder controla las reglas y el marcador, el partido se vuelve árbitro, jugador y juez. Ya vimos (¿vivimos?), esa película. Termina mal.
La libertad, lo saben hasta los que la venden, no es herencia sino resistencia. Cada día. Porque las conquistas se esfuman más rápido de lo que cuesta ganarlas. Y esto que hoy parece un trámite administrativo -un concurso de perfiles, una convocatoria tediosa- es en realidad el momento en que le decimos adiós a la democracia con un “ya regresó” que las nuevas generaciones se niegan a creer. Como aquel 88, pero sin las caídas de sistema. Ahora todo funciona. Justamente por eso.
Mientras tanto en Guanajuato… En la Junta Local Ejecutiva del INE hicieron un cambio ejemplar: sustituyeron al personaje, conservaron el acecho y, para mayor sofisticación, lo rebautizaron como “eficiencia”. Una mejora estética, sin duda. Sustantiva, ninguna…
Tomada de Paralelo X.
