Por: Héctor Andrade Chacón / @hectorandrade70
Las sesiones del Consejo General del INE para validar la elección judicial del pasado 1 de junio deberían estudiarse en las escuelas como ejemplo de cómo sepultar la credibilidad electoral sin remordimientos. Todos los consejeros coincidieron en que el proceso estuvo plagado de irregularidades. Pero mientras cinco de ellos intentaron, con argumentos sólidos, señalar el desastre, la mayoría prefirió refugiarse en un relato épico donde el INE era víctima heroica de las circunstancias.
Dania Ravel, Arturo Castillo, Jaime Rivera y Claudia Zavala presentaron información irrefutable: casillas saturadas con números imposibles, boletas que aparecieron donde no debían, acordeones electorales distribuidos como si fueran manuales de instrucción. Martín Faz, por su parte, fue claro: cuando una elección se organiza con prisas y recortes, los resultados huelen a fraude, los datos estadísticos respaldan su postura. Pero sus voces chocaron contra un muro de autocomplacencia. Guadalupe Tadei y los otros cinco consejeros de la mayoría no rebatieron los hechos; simplemente los ignoraron, como si la mera mención de las fallas fuera un acto de traición institucional.
El INE validó una elección donde menos del 13% del electorado participó, donde las boletas se perdieron como calcetines en una lavandería, y donde el conteo final ocurrió lejos de miradas ciudadanas. Lo grave no es solo que haya salido adelante con seis votos a favor. Lo grave es que, al hacerlo, convirtió la credibilidad en un saldo perdido.
A esto se suma otro problema: En primera instancia los Comités de Evaluación —cuya actuación ha sido cuestionada por su falta de eficacia— no lograron cuadrar los promedios de calificación de los aspirantes. El área jurídica del INE intentó imponer un método cuestionable para que las candidaturas ganadoras alcanzaran calificaciones artificialmente altas (8 y 9), lo que generó desconfianza en el proceso. Ante el riesgo de un escándalo mayor, las consejerías electorales intervinieron para frenar la arbitrariedad en los cálculos, evitando así un nuevo desprestigio. Sin embargo, este retraso ha tenido consecuencias: hasta ahora (24 de junio ¡23 días después de la elección!), el INE no ha entregado las constancias definitivas a magistrados de circuito ni a jueces de distrito, prolongando la incertidumbre sobre la legitimidad de los resultados
¿Qué queda? Jueces electos en medio de la desconfianza, un precedente peligroso para futuros procesos y la certeza de que, en México, hasta las elecciones más importantes pueden terminar siendo un trámite. El INE tenía la oportunidad de rectificar. Eligió, en cambio, escribir su propia leyenda. Una donde los hechos sobran.
Vocación de mártir, trato de sospechoso.
Mientras tanto en Guanajuato… Todavía no terminan los rituales de la elección judicial —ese experimento de democracia con pinceladas de teatro kabuki— cuando el delegado del INE, Juárez Jasso, en un gesto que ya no sorprende, retomó su vieja manía de agitar las aguas: la amenaza de reubicar a los vocales distritales volvió a escena. Lo paradójico es que esos mismos funcionarios, hace nada, fueron elevados a modelo de virtud por la consejera Tadei, quien los presentó como emblemas del compromiso institucional, casi mártires de la república y que el mismísimo Francisco de Asís incluiría entre sus monaguillos. Y ahora, con la misma ligereza con la que se olvidan las promesas de campaña, se ven zarandeados por los caprichos de alguien que se siente figura nacional, un funcionario que, dicho sea de paso, gusta de pavonearse con traje de luces… pero prestado, y de una talla que claramente no es la suya.
P.S. La presidente Sheimbaum ha anunciado ya la Reforma Electoral. Después de todo, el documento que circuló en el mes de mayo y que hizo mella en los funcionarios del INE no era totalmente falso.
Tomado de Paralelo X
