Cristina Gómez: la mujer chamula que es hoy la mejor mixóloga de México

Cristina Gómez, originaria de San Juan Chamula, Chiapas, ha emergido como una figura destacada en la mixología mexicana, fusionando tradiciones ancestrales con técnicas contemporáneas. Su viaje desde una comunidad tzotzil hasta ser reconocida como la mejor mixóloga de México es un testimonio de resiliencia, innovación y orgullo cultural.​  En 2024, Cristina Gómez fue nombrada la Mejor Mixóloga de México por la Guía México Gastronómico. 

Cada noche, detrás de la barra de Tarumba, Cristina Gómez repite un ritual que comenzó mucho antes de que supiera lo que era la mixología. Lo empezó sin saberlo, cuando era niña y aprendía a leer en español, a escuchar y ver las plantas y a entender que la tierra también habla. Porque para ella, cada coctel que sirve no es solo una mezcla de ingredientes, sino una manera de contar de dónde viene.

Nacida en San Juan Chamula, hablante de tzotzil antes que de español, Cristina no llegó a la coctelería por casualidad, tampoco por pasión. Llegó por necesidad, por intuición y por un compromiso silencioso con sus raíces. Su historia es la de alguien que convirtió un trabajo invisible en un acto de resistencia cultural, y un destilado local —el pox— en el centro de una experiencia sensorial y hasta espiritual.

Un mundo del que pocas mujeres logran salir

San Juan Chamula no es cualquier comunidad. Ubicada en los Altos de Chiapas, esta población tzotzil es un enclave donde la vida gira alrededor de la tierra, la espiritualidad y la colectividad. La comunidad conserva sus usos y costumbres, su lengua materna y sus propias formas de gobierno, independientes del Estado.

Pero dentro de esa estructura, el papel de las mujeres ha estado históricamente delimitado: ser hijas, madres, cuidadoras y guardianas de la casa y la familia. El acceso a la educación, el trabajo remunerado o incluso la posibilidad de decidir sobre su propio destino ha sido, por generaciones, limitado. Salir de Chamula para buscar un camino propio no es lo común. Hacerlo, y además ser reconocida a nivel nacional, es prácticamente inaudito.

Por eso la historia de Cristina Gómez no es solo la de una bartender destacada: es la de una mujer que desafió el guion que otros habían escrito para ella.

Raíces que se beben

Cristina creció en Jomalho, un paraje chamula entre cerros. Su infancia transcurrió descalza, rodeada de la naturaleza, entre rituales y las enseñanzas silenciosas de su madre y su bisabuela. Aprendió desde pequeña a reconocer las plantas de la región —laurel, manzanilla, rosa de Castilla— no sólo por sus aromas, sino por el significado que tienen en la medicina y la espiritualidad de su comunidad.

Pero también entendió, desde muy joven, que para ella no había un camino más allá de los cerros. Su destino parecía escrito: formar un hogar, cuidar de la familia, permanecer en la comunidad. Cuando a los15 años decidió aprender español, abrió la primera grieta en ese destino. No lo aprendió en las aulas: lo aprendió en la convivencia diaria, en las calles de San Cristóbal de las Casas, donde años después encontraría su lugar.

Un lugar detrás de la barra
En 2019, Cristina buscó trabajo en lo que hoy es Tarumba. Quería estar en cocina, pero la vacante era para lavar cristalería. Aceptó. Lo que parecía un trabajo secundario se convirtió en el inicio de un camino inesperado. Mientras limpiaba copas, observaba, preguntaba y aprendía.

Cuando la barra quedó vacante, le ofrecieron quedarse. No sabía de destilados ni de cocteles, pero sí entendía de responsabilidad, observación y trabajo. Comenzó a estudiar. Aprendió los clásicos, entendió los destilados, y pronto empezó a construir algo que no venía en los libros: un discurso propio, hecho de memoria, lengua materna y los sabores de los altos de Chiapas.

Su primer cóctel exitoso, el “Amoroso”, resumía esa visión: pox, cordial de toronjil con Jamaica, cerveza y jugo de limón ahumado con romero.

La ceremonia del pox

En Chamula, el pox no es solo una bebida. Es un destilado ceremonial, un símbolo de agradecimiento y conexión espiritual con la tierra y el universo. Cristina creció viéndolo en las fiestas, en los rezos, en los rituales familiares. Sabía que el pox se bebe para sanar, para agradecer, para acompañar los ciclos de la vida y la muerte.

Por eso, cuando asumió la dirección de la Barra San Juan en Tarumba, no quiso limitarse a servir tragos. Decidió contar la historia del pox. Guía cada experiencia en tzotzil y español, explicando que este destilado nace de la caña de azúcar y el salvado de trigo, que su proceso es tan complejo y delicado como la vida misma. Y que el pox que sirve es elaborado por su padrino y su familia, manteniendo viva una tradición que, lejos de perderse, se renueva con cada copa.

Más allá del reconocimiento

En 2024, Cristina Gómez fue nombrada la Mejor Mixóloga de México por la Guía México Gastronómico. Pero ese premio es apenas un destello en un camino que comenzó mucho antes, en los cerros de Chamula, cuando decidió que podía aspirar a algo más que repetir la historia que le habían contado.

Hoy, Cristina no sólo dirige la barra de Tarumba. Sueña con abrir un pequeño espacio en los altos de Chiapas, en el cruce de caminos que conecta distintas comunidades, donde cualquier viajero pueda detenerse, probar un pox auténtico y escuchar la historia que lo acompaña.

También quiere, algún día, producir un pox propio, elaborado en familia, que conserve el ritual y la calidad que aprendió desde niña. No para competir en el mercado, sino para preservar la receta y la memoria de su gente.

Fuentes: El Economista, Marca,

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