Firewall ciudadano: claves y controles. Dos boletas, un Congreso: la pre-propuesta de Uuc-Kib Espadas. El culebrón que se avecina

Por Miguel Allende Foulques

Leíamos en la edición de “Paralelo X”, que el consejero electoral Uuc-kib Espadas Ancona, candidato a integrar la Comisión de Verificación de Integridad en las Candidaturas del Consejo General del INE, puso sobre la mesa una idea que, aunque todavía no la detalla ni mucho menos llega al pleno de dicho “órgano colegiado”, merece que la entendamos bien antes de que se convierta en debate de pasillo: que los ciudadanos puedan votar dos veces distinto en la misma elección. Una boleta para elegir al diputado de su distrito. Otra, separada, para decidir qué partidos prevalecerán por la representación proporcional en el Congreso.

Para calibrar qué tan profundo sería este cambio, conviene mirarlo con las herramientas de Maurice Duverger, el politólogo francés que explicó cómo el diseño de un sistema electoral moldea, casi por sí solo, el comportamiento de partidos y votantes. Y para no quedarnos en la teoría, echemos un ojo a la actual Cámara de Diputados, espléndido ejemplo de lo que el sistema vigente ya hace de las suyas.

En México, cuando un ciudadano marca su boleta, ese único voto hace doble trabajo: decide quién gana el distrito por mayoría, y al mismo tiempo suma para repartir los escaños plurinominales entre los partidos. Es un solo acto que amarra dos lógicas distintas: la del candidato local y la del proyecto nacional del partido.

Ahí está la primera ironía. Morena llegó a la actual Legislatura con 182 de los 300 distritos de mayoría y, encima, sumó 75 diputaciones plurinominales: 257 de 500 curules en total. El mismo mecanismo que en teoría debería moderar a los partidos grandes terminó por acompañarlos hasta la mayoría absoluta (por supuesto con un empujoncito del grupo Tadei en la herradura del INE). El PAN, en cambio, con 71 escaños, vio que casi la mitad (40) llegaron por la vía plurinominal, porque en distritos ganó apenas 31. La “representación proporcional” ya convive, sin ruborizarse, con las alianzas que inflan a un solo bloque.

La propuesta de la doble boleta corta ese amarre. El elector podría votar por el candidato de un partido en su distrito y, en la misma jornada, entregar su voto proporcional a un partido diferente.

Pausa para asimilar… Luego viene el hallazgo que contradice la intuición más común: la propuesta no contradice la teoría. Duverger define la representación proporcional por su objetivo esencial “que los escaños reflejen fielmente el voto entre partidos”, y una boleta separada para ese fin la cumple con más integridad, no con menos. El voto proporcional dejaría de estar “contaminado” por la fuerza del candidato local.

Lo que cambiaría no es el principio, sino el diseño del sistema mixto: pasaríamos de un voto único a un doble voto. Y algún partido podría perder la comodidad de que su arrastre distrital le regale escaños plurinominales como premio de consolación (o de arrastre) en la asignación por listas.

En regiones donde un partido conserva distritos gracias a cacicazgos o redes clientelares —donde el voto responde más a lealtades personales (o miedos), que a una preferencia partidista real—, la doble boleta introduce algo incómodo para esos liderazgos: el elector podría respaldar al, vamos a llamarlo, “cacique” porque “es inevitable” y, acto seguido, castigarlo en la boleta proporcional. El control del territorio dejaría de ser, teóricamente en automático, sinónimo de peso en la bancada nacional. Y esto adquiere más peso si recordamos que la sobrerrepresentación (hasta 8%), y el desigual trazo distrital ya distorsionan el valor de cada voto. La doble boleta, al desacoplar el voto dado al candidato del voto marcado al partido, no inventaría esa distorsión, sino que pondría al desnudo qué distritos pesan más por su tamaño y cuáles por su sumisión clientelar, por ejemplo.

Para quienes construyen estrategia política, valen cuatro efectos a considerar:

Primero una mayor fragmentación del voto, porque los electores podrían dividir sistemáticamente su apoyo entre persona y partido. Segundo, menos incentivos para fortalecer al partido nacional, si a un liderazgo local le basta con conservar su distrito. La coordinación nacional y en su caso estatal, se esperaría más complicada para las dirigencias, que perderían capacidad de convertir victorias distritales en mayoría legislativa. Y cuatro, asistiríamos al fortalecimiento de los Partidos “bisagra”, al recibir voto proporcional de electores que en su distrito apoyan a otra fuerza.

La discusión real de la propuesta debe contemplar el qué se prioriza: ¿una representación más fiel a la pluralidad del país, aunque cueste formar mayorías estables? ¿O una gobernabilidad más cómoda, aunque perpetúe que el arrastre distrital se convierta, casi por inercia, en poder legislativo extra?

Todo diseño electoral es, en el fondo, un intercambio. Reducir el peso de los cacicazgos y las alianzas en la composición del Congreso puede sumar en proporcionalidad, pero también restar en capacidad de gobernar. Vale la pena que quienes hoy construyen estrategia política hagan cuentas con ambos escenarios -y revisen si su comodidad actual depende más de sus votos o de los ajenos-.

Y ya que hablamos de cuentas: el propio Uuc-kib, por cierto, aprobado para su cargo en su momento por la mayoría en el senado, calculó que la segunda boleta costaría entre 200 y 250 millones de pesos, cifra que él mismo comparó con los 6 mil millones que costó la elección judicial del año pasado “apenas un 4%”, presumió, para garantizarle a más de 100 millones de electores un derecho que la Constitución ya les reconoce desde hace décadas. Que la libertad del voto plurinominal dependiera, casi cuarenta años, de que alguien la encontrara “barata” dice bastante de las prioridades (y de los miedos) con que se ha diseñado nuestro sistema electoral, donde la comodidad de los partidos grandes siempre pesó más que la nitidez del voto ciudadano.

Tomado de Paralelo X

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