Firewall ciudadano: claves y controles. El banquete: los invitados y las formas

Por: Miguel Allende Foulques

Con la reforma electoral en marcha, la Comisión presidencial para la reforma electoral, capitaneada por el curtido Pablo Gómez, ha extendido una invitación a un banquete de altos vuelos (¿monólogo de etiqueta?). La cubertería es de plata, esa que las abuelas dejaban para las grandes celebraciones, el menú es amplio —14 platillos que van desde las libertades políticas hasta la efectividad del sufragio— y los comensales potenciales son muchos: academia, sociedad civil, partidos, ciudadanos… Todos estamos cordialmente invitados. Hay solo un pequeño detalle en esta etiqueta que deberá respetarse a pie juntillas: los invitados tienen derecho a voz, pero no a voto. Podrán hablar, pero no esperen que alguien les responda. Cinco minutos por cabeza, sin interrupciones ni confrontaciones. ¿Debate? La modalidad se parece mas al turno de preguntas de un mitin. Definitivamente no es parlamento abierto, es más una ventanilla con micrófono preparada para oír quejas, anotar sugerencias y luego cerrar.

La oposición, ese PAN y ese PRI que el mismo Gómez describe con soberbia como un “déficit político” carente de programa y de utilidad social, ahora es requerida. Se les pide participar, pero en unos términos que equivalen a llegar a una partida de póquer donde las cartas ya están repartidas y las reglas las decide quien reparte… y las puede cambiar.

Lo crucial de las acusaciones, arguye, no es la verdad de estas, sino la “percepción” de que sean ciertas. Y ahí, señoras y señores, reside el núcleo de toda la farsa: ¿Acaso se está construyendo una reforma para un sistema que ha dejado de ser confiable para mucho mexicanos? ¿Qué dirá Guadalupe Tadei y Mónica Soto al respecto? ¿De su autonomía? ¿El INE y el Tribunal Electoral bajo su dominio han sido coptados o solo somos unos cuantos malpensados?

El menú de la reforma es jugoso y lleno de temas de calado. Hablar de eliminar los diputados de representación proporcional, como algunos actores lo han sugerido, no es un mero ajuste técnico. Es redefinir la esencia de cómo nos representamos. Acabar con ellos, es un acto de antidemocracia elegante, (racionalización del sistema dirán algunos), un modo limpio de barrer del mapa a las voces minoritarias y de pintar el Congreso de un solo color. Es el sueño húmedo de cualquier mayoría hegemónica: que el contrario desaparezca por arte de magia legal. Y junto a esto, la promesa de enterrar a los OPLEs y tribunales electorales estatales —esos organismos que “nadie sabe para qué sirven”— y las 300 juntas distritales suena a sentido común. Pero en boca de quien tiene en la mira centralizar todo el poder electoral, despide un aroma a concentración de mando no a eficiencia administrativa.

Y entonces, uno lee el calendario: audiencias a todo vapor desde septiembre, conclusiones para la presidenta en enero del 2026. Es un cronograma de factura suiza para una reforma que pretende cambiar los cimientos de la democracia mexicana. ¿Cómo se concilia esta velocidad con la promesa de un “debate de fondo”? Simple: no se concilia. Se anuncia un debate para simular que lo hubo, igual que se invita a la oposición a hablar para simular que fue “escuchada”.
Pablo Gómez lo transmite en varias declaraciones, dice sin querer queriendo: “La sabiduría popular nos va a dar el cue”, la entrada pues. La jugada está hecha. La mayoría política existe y se va a ejercer. El resto somos invitados a la ceremonia, convidados de piedra en un banquete donde los platos ya están servidos. Podremos hablar cinco minutos. Sin molestar.

En los tiempos que corren: las reformas no se discuten, se escuchan. Y luego se aprueban.

¿Y los ciudadanos de las nuevas generaciones? Celebrando que las redes sociales funcionan, dándoles “likes” a las cuentas que reportan la sublevación juvenil en el lejano Katmandú porque los dejaron sin estas.

Mientras tanto en Guanajuato… el espectro –o quizás deberíamos decir, el exsecretario– Edmundo Jacobo ha reaparecido, esta vez en los lares leoneses. Su misión, tan loable como quimérica, es la de promocionar la fundación de un nuevo partido bautizado con el nombre de “Somos México”, una entidad que pretende contener multiplicidades. Su plan para Guanajuato es una suerte de peregrinación laica: organizar once asambleas distritales en los meses de octubre y noviembre.

Uno, en su candor, esperaría que las autoridades distritales del INE, esos arcanos guardianes de la voluntad popular, procedieran con la impasibilidad de un dios estoico ante estos ritos fundacionales. Se supone que su profesionalismo, su objetividad y su certeza legal son tan inquebrantables como las leyes de la física. Sin embargo, la historia nos enseña que hasta los árbitros más severos pueden sentir una nostálgica punzada al ver desfilar a su antiguo líder. Serán ceremonias dignas de observarse: el comportamiento de la estructura institucional en Guanajuato ante la presencia de su otrora jefe, aquel a quien acompañaron obedientemente, con un fervor casi caballeresco, en todos los amparos que promovieron contra los “agravios” –tan épicos en su narrativa– de la Cuarta Transformación. Una prueba, quizás, de que la objetividad es un ideal tan noble como inalcanzable, un punto fijo en el universo que, como bien sabía Borges, siempre nos movemos.

Tomado de Paralelo X

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