Hace entre 4800 y 4500 años, el área que ocupa el actual Egipto era una tierra en pleno cambio. Hasta la fecha, las sucesivas dinastías habían aportado estabilidad y dado rienda suelta a la innovación de la región y todo estaba listo para la unificación del alto y el bajo Egipto en un poderoso reino que dominaría los alrededores del Nilo durante más de dos milenos.
En esta época aparecieron nuevas culturas y tradiciones, y comenzaron a asomar las primeras pirámides que cambiarían para siempre el paisaje del norte de África. También en este tiempo, en Nuwayrat, un pueblo a 265 kilómetros al sur del actual El Cairo, un hombre desconocido, anciano para la época, murió de forma más modesta tras haber trabajado gran parte de su vida. Este hombre fue enterrado siguiendo los rituales dignos de las personas más pudientes. La momificación no estaba de moda todavía, así que fue encerrado dentro de una vasija, que fue sellada para siempre y situada en una tumba excavada en la ladera de una montaña.
Allí permaneció durante más de 4 milenios hasta que el arqueólogo británico John Garstang lideró la excavación que redescubrió la tumba. Debido a los acuerdos entre los gobiernos egipcio y británico, Garstang pudo llevarse los restos al Instituto de Arqueología de Liverpool y, tras realizar un minucioso estudio que requirió de la apertura del frasco, finalmente fue expuesta en el World Museum de la misma ciudad durante años. Un viaje a un lugar muy lejano que la persona del interior de la vasija difícilmente pudiese imaginar en sus sueños más fantasiosos.
¿Quién es la persona de la vasija?

La persona que ocupaba la vasija murió a una edad avanzada para la época, entre 44 y 64 años. Preguntando a los huesos, los investigadores detectaron una serie de desgastes que coincidían con las que se forman cuando alguien pasa largas horas sentado en el suelo, con los brazos y las piernas extendidos. También se observa una ligera artrosis en los huesos de su pie derecho. Además, la artritis que había desarrollado en el cuello sugiere que debía encorvarse a menudo para realizar su trabajo. La posición es un tanto extraña, pero coincide con algunas pinturas de la época que muestran a los alfareros realizando su trabajo.
Por tanto, las evidencias sugieren que debía tratarse de una persona dedicada a la alfarería, y que, además, debía tener un torno accionado con un pedal, un instrumento que probablemente llegara hacía poco a la región desde el oeste asiático y que le provocó el desgaste óseo. Sin embargo, el tipo de enterramiento, reservado para las personas poderosas, indican que, o bien era un artesano muy reconocido y apreciado, o trabajaba para alguna persona de gran importancia.
Un enterramiento importante en varios sentidos
Y ha sido ese tipo de enterramiento, sellado en una vasija, lo que ha permitido que su ADN se haya preservado en buenas condiciones hasta la actualidad. Normalmente, el calor de la región y los procesos de momificación artificial que comenzaron a aplicarse durante la época de los faraones, dificultan que la delicada molécula llegue completa hasta nuestros días. Sin embargo, en este caso, el proceso de desecación natural que ocurrió en el interior del recipiente fue crucial para que en el interior de un diente se hallase ADN prácticamente intacto.
Gracias a ello, los investigadores del instituto Francis Crick han podido leer por completo la secuencia empleando una técnica de secuenciación de genoma completo. Esto quiere decir, leer una a una las letras que conforman la cadena de ADN. Así, la han podido comparar con 3233 secuencias de personas que viven en la actualidad en la zona y con otras 805 muestras de ADN antiguo.
Gracias a esta comparación han podido observar que el 80% de su ascendencia estaba relacionada con pueblos antiguos del norte de África y el 20% con pueblos antiguos del oeste de Asia. Por tanto, el descubrimiento sugiere que los patrones de migración y comercio de la zona eran muy habituales y que las culturas estaban íntimamente relacionadas.
Este descubrimiento también ha permitido a los investigadores comprender un poco mejor qué condiciones son las más adecuadas para la conservación del material genético, y así detectar potenciales momias naturales de la época de la que obtener más información. El artículo, publicado en Nature, ofrece una visión única de una persona sin nombre de un tiempo pasado. Una forma de entender cómo vivían las hace más de 4 milenios.
Fuente: National Geographic


